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Cuatro llamadas

Soy muy perezosa para llamar por teléfono. No encuentro nunca el momento porque no me gusta; porque lo cierto es que momentos hay para todo, si se quiere.

Quien me conoce sabe que comunicando cuerpo a cuerpo pongo toda la carne en el asador: soy una gesticulera superlativa; ojos, cabeza, tronco y, sobre todo, manos, manos, manos, manos... Me resulto agotadora cuando me veo parlotear. Para mí, que transmito un sinvivir (que no digo yo que en algunos momentos no haya sido purito reflejo de mi alma; pero es que ahora, en el estricto presente, lo que inspiro y con lo que nutro mis pulmones es, básicamente, serenidad).
Aun así, me resulta más natural y más gozoso ver los ojos, el cuerpo y la posición de la persona con la que hablo. Me da pereza marcar un número de teléfono sabiendo que en pocos segundos estaré como Sansón -con mis recursos comunicativos minimizados- y no acabaré de estar a gusto mientras dure la conversación.
Escribo sobre esto porque hoy he retado a mis limitaciones y he…

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