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La caja de la eparina

Hace unos días soñé que me levantaba  -yo sola, sobre mis dos piernas- para guardar la caja de las inyecciones de eparina en el aparador. Desde esta esquina del sofá donde paso la mayor parte del día, trabajo sin descanso mi potencial capacidad telequinética. Lo hago con tenacidad y entusiasmo pero, de momento, no he obtenido resultados.
Para alguien como yo, que entiende la armonía visual como peaje necesario para el equilibrio mental y la paz espiritual, contemplar las cosas fuera de sitio resulta perturbador. Es cierto que educa el carácter en la resignación, que dirían las monjas de mi colegio; pero ni en mis tiempos de colegiala ni ahora, la resignación ha tenido encaje en mis dones. Suerte que cuando caigo en brazos de Morfeo, se liberan a través de mis sueños escenas de rebeldía en búsqueda de mi serenidad: ignoro mi pierna rota, me levanto y voy, agarro la caja de la eparina, la guardo en el armario y cierro la puerta airadamente. Sobre mi cabeza se dibuja un bocadillo y sé q…

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