Una carta de puño y letra

Hace unos días escribí una carta de puño y letra. Una carta a un ser querido sobre papel y trazo de tinta negra irregular, personal.

A mí me sigue gustando desenvainar mi pluma y transcribir el dictado de mi cabeza: a trompicones, tal y como vienen las frases a mis dedos; en bruto, sin limar. Me gusta tachar sin contemplaciones lo que, decididamente, no va. Y encajar la palabra que echaba en falta, en medio de otras dos. Y así, como se tricota un jersey, una fila del derecho y otra del revés, componer el texto y reducirle la forma, allí donde mi gusto lo requiera.

Fue un placer escribir esa carta; contar lo que contaba con la certeza de que no queda copia en ninguna parte. Saber que la tiene quien debe: un ser querido a través de quien obtuve el placer de rubricar con mimo aquellas sentidas líneas.

Recibir una carta de puño y letra recuerda que alguien te quiere; alguien que ha quebrado la blancura de un folio para despertar tus emociones, buenas, malas; intímas, en cualquier caso.

Una carta de puño y letra es un bonito regalo: a tu nombre, con sobre y sello, con fecha y lugar, márgenes alterados e interlineados imprecisos. Una carta de puño y letra se guarda en un cajón, junto a otras. No hay bandejas a la altura de una carta de puño y letra.

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