Volver

Hoy es el primer día que estoy requetemal desde que estoy requetebién. He echado una ojeadita a ese lugar oscuro y húmedo que tan bien conozco... Pero ha sido solo un instante. Un pánico fugaz me ha recorrido la columna y ha salido por la boca, con mis respiraciones agitadas, poco a poco. Después ya solo me han quedado las ganas de echar a correr.

Es curiosa la cantidad de veces que sueño que necesito correr -porque me va la vida en ello- y no puedo. Cuando despierto no me acuerdo de adonde quería ir, pero retengo esa frustración de tener un destino y no ser capaz de alcanzar mi vagón: el que se va... Así que regreso. Pienso en mi gran suerte: tengo un sitio al que volver, personas que me esperan y me necesitan. Y a las que quiero. Tengo un montón de cosas que hacer, así que casi mejor que termine lo que tengo pendiente que ya habrá tiempo de viajes.

A continuación, me riño por este inconformismo que destapa el egoísmo que vive en mí y que con tanto cuidado barnizo de amor y entrega, para que no quede expuesta mi auténtica naturaleza.

A volver después de la carrera se aprende. A saber cuándo renunciar a alcanzar el tren, también. A restarle intensidad a los sueños, no.

El chucuchú se va haciendo remoto mientras se aleja el tren. Me giro y vuelvo sobre mis pasos, ahora ya sin correr. Busco un instante bonito de mi vida reciente al que fotografiar con mi recuerdo y me abandono a revivirlo. Y me entran unas ganas locas de volver, volver, volver.

Es el momento de recoger en un saquito los sueños y meterlos entre mi ropa; cerca de mis cosas, impregnando a poquitos mi cuerpo.

A caminar más despacio se aprende. A remontar un día requetemalo, también. A restarle intensidad a los sueños, no.

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