El trajín del pelotero

Me pregunto a dónde van las palabras que no decimos. Y a dónde los pensamientos que de tan prensados y acobardados no aciertan a componerse en frases. 

Sé que muy lejos, no; porque son temerosos. Los visualizo como escarabajos peloteros, haciéndose bola al menor roce. No sé hacia dónde se dirigen -me imagino- rodando. 

Podría ser hacia la boca del estómago, desde la cabeza y por la tráquea. También podría ser hacia los pulmones. O directo al corazón. Lo que sé bien es que yo cuando callo (con mayúsculas), de repente, no puedo pensar ni tragar ni respirar. Y me duele el corazón.

Así que va a ser que el pelotero va y viene de arriba abajo, de derecha a izquierda, buscando con tal trajín un lugar seguro. Y va a esconderse allí donde todo empieza y termina; agazapado, sintiendo su propia pesadez, el hastío propio de ser consciente de su destino: recoger y acumular fracaso por cada uno de los impulsos verbales abortados, redondearse sobre sí mismo y dejarse llevar por dentro.

No sé "a dónde irán los besos que guardamos, que no damos", como decía la canción. Quizá al mismo húmedo rincón del corazón donde hiberna y se consume el pelotero.

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