Lo que no publico

Este blog tiene dos vocaciones: compartir y arrojar. La primera es la que cualquiera que encuentre este recoveco puede visualizar. La segunda es el auténtico "Ya sé yo mis cosas": todas esas piezas que escribo para sacar de adentro y aligerar un poco las alforjas. Cuando traduzco lo que escuece en frases, se hace más llevadero; me permite volcarlo, organizarlo y pensar sobre ello con más claridad. Corrijo, matizo, reestructuro y lo almaceno como "borrador".

En el borrador están las miserias, las batallas perdidas, frustraciones, miedos, complejos y desesperanzas. No publico esas entradas porque no me pertenecen. Cuido mucho cuando escribo de no citar ni señalar, porque si algo no deseo es dañar parapetándome en subjetivas razones.

A veces no se trata ni siquiera de esto. Hay borradores que no ven la luz porque arañan en la desilusión y el desconsuelo ante una realidad que a veces resulta insoportable. Tengo una pretenciosa vocación pedagógica adherida a las teclas que no me permite hacer sangre. Bastante proclives somos, en general, a agarrarnos al desaliento y a sentirnos legitimados para la tristeza. No sé por qué nos cuesta tanto enarbolar estandartes bellos. Debe ser que las personas estamos educadas para el valle de lágrimas y no para ser felices por el mero hecho de estar vivas, sanas y tener quien nos quiera alrededor.

Lo que escribo y no publico se gesta en el tiempo que transcurre entre el día y la noche. Un tiempo que no se mide en minutos sino en emociones. Un tiempo que se detiene y golpea con fuerza en las inseguridades y en las ausencias. Un tiempo que es cómplice del vértigo y de la soledad y que antes de cumplirse te amordaza.

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