Chito y la vuelta al cole

¿Recordáis los gallos de los que hablaba a principios de mes? ¿Los de este pueblo, los que cantan desde que se les pone hasta que se les pone? Bueno, pues se me va terminando el mes y no acabo de acostumbrarme a esta peleadera que se traen entre sí tan de mañana. No conté entonces que un ratito después de la amanecida de la comunidad de la cresta, comienza la happy hour que organizan colectivamente con los perros de caza. Un auténtico festival de la convivencia interracial. Sea. Todos los intentos de acercamiento entre culturas me parecen bien por coherencia personal. Así que, media vuelta en la cama, y a seguir haciendo como que escucho delicados jilguerillos.

Ladridos, cacareos, el sol colándose por las rendijas de las persianas, ese cálido ambiente siendo tan solo las diez de la mañana… Mi perro, que ni se menea porque está pasando unas vacaciones muy duras, el pobre; todo el día por ahí sin parar de marcar territorio y perdiendo una y mil batallas con los gatos, que son mucho más perros que él y no le respetan en absoluto. Es un espectáculo ver a los mininos clavados en las calles, impertérritos ante los aullidos pretendidamente intimidantes de Baloo con los que pretende hacer como que amenaza con exterminarlos. 

El medio rural es territorio hostil para mi perrete. La gente en los pueblos -la de una cierta edad, fundamentalmente- no mira bien a los perros de compañía, no digamos ya si van sueltos. Y Baloo que desde que nació va pidiendo amor por las esquinas, no entiende bien por qué le miran raro los abuelos y abuelas del pueblo que, además de llamarle “¡chito!” le intimidan batiendo bastones al aire, antes incluso de que Baloo haya decidido presentarse con sus ademanes de perrito urbano que se sabe encantador.

En cualquier caso, la capacidad de adaptación de Baloo es admirable. Podría dar talleres a más de uno y a más de una que me vienen a la cabeza de pronto. Así pues lo tiene claro: chito y atado, entre las calles del pueblo; libre y feliz, por las eras, corriendo tras de los ratoncillos y los conejos, llenándose el pelaje de pinchos y pétalos de flores.

Vamos a tener que ir contándole a Baloo que nos estamos terminando de zampar agosto y que, en breve, el solecito que se cuele por las rendijas va a tener que ser en sueños. El año pasado cuando hicimos el último viaje de ascensor subiendo bultos y maletas de vuelta a la rutina, Baloo se quedó mirando el umbral de nuestra casa, se dio media vuelta y se metió de nuevo en el ascensor. No he visto nunca una “vuelta al cole” peor asimilada.

Lo cierto es que el verano está siendo fantástico. Estoy cargada de sol y calor y cuando, en breve, la ciudad me reciba lloviendo como lo hace cada final de vacaciones la muy p., creo que seré capaz de fusionarme con el emoji de la flamenca y ¡que me quiten lo bailao’!

Me voy con el chito a tomarme una cervecita con limón a la plaza del pueblo. Y en tirantes. Flipad. De camino, purita paz. No hay un solo escaparate en todo el pueblo que nos amargue los días que nos quedan con la amenaza de la vuelta al cole. Y eso no tiene precio.

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