Cuando llega el dolor para quedarse

Acabo de terminar de leer "Martes con mi viejo profesor". Este libro me ha llegado por recomendación y, como me ha ocurrido en otras ocasiones, ha venido a ofrecerme un enfoque diferente, líneas de argumentación, inquietudes nuevas.

Agradezco al Universo que me aporte tantas veces aquello que necesito a través de personas de mi entorno. Es reconfortante sentirse escuchada por el Universo en este tiempo de profundas soledades en los corazones.
Hace unos días, a raíz de varias dolencias que se han instalado en mi cuerpo en los últimos meses, expresé un temor que me rondaba: me preocupa tener que vivir con dolor.

Mis dolores son persistentes pero no incapacitantes, pero me viene a la mente la actriz Silvia Abascal, que vive con un ruido permanente en su cabeza. Lo contó en una entrevista de televisión hace unos años y yo me quedé impresionadísima. ¿Quién quiere vivir en esas condiciones?

El profesor Morries de la novela padece la enfermedad de ELA. El libro recoge las conversaciones que cada martes tiene con un ex alumno periodista que, a petición del maestro, graba lo que se cuentan en cada visita con el fin de escribir una tesina cuando el viejo profesor muera; una tesina sobre el sentido de la vida.

Mitch, el narrador de esta historia real, nos invita a asistir a la decrepitud de Morries y a su involución corporal, de tal forma que puede sentirse la danza de la muerte rondando al viejo profesor; podemos sentir su asfixia, su tos, sus dolores y su necesidad de ser tocado y querido hasta el fin de sus días.
Tras acompañar al alumno Mitch en el relato de las últimas semanas de vida del profesor Morries, no consigo ponerme en el otro lado. Consciente del debate moral abierto sobre el derecho a morir, no consigo encajar que Dios y/o ley puedan imponer una vida con dolor, una resistencia heroica y desesperanzada a la que indefectiblemente seguirá la muerte.

Por mucho provecho que Mitch sacara de las enseñanzas fundamentales que le trasmitió su moribundo profesor en su preparatoria para la muerte. Por valioso y humanitario que fuera el intento de Morries de presentarnos la decrepitud y la dependencia como un estado que ha de entenderse digno y natural, consecuencia involuntaria de una vida avasallada por la enfermedad. Por mucho tesoro antropológico que haya en el talante, positividad, resignación y esmero en el autoconocimiento del que hace gala Morries... asistir a la desintegración del cuerpo de una mente despierta me parece de una crueldad superlativa. Ser la propia mente despierta atrapada en un cuerpo que te abandona y somete a tutela hasta el último aliento, debe ser desgarrador.

Pienso mucho en la vejez últimamente. Pienso en lo que está por venir a mis mayores y a quienes ya tenemos años suficientes para poder mostrar algunas cicatrices y síntomas de afecciones nuevas.

Siempre me había parecido absurdo tenerle miedo a la muerte: llegará sin avisar cuando menos la esperes y será definitivo. Sin embargo, la edad me plantea un escenario posible por el que no había transitado: la muerte puede venir con enfermedad, con dolor, con agonía, con soledad, deshumanizada y cruel.

En "Martes con mi viejo profesor" Mitch no da cuenta de que en ningún momento Morries verbalizara su deseo de morir. Al contrario, el moribundo comparte con su alumno su ejercicio de enfrentarse a la amenaza y reconocerla en el temor que le provoca, para después tomar distancia de la angustia vivida desde una serenidad que le permitirá controlar el temor cuando vuelva a producirse de nuevo.

Tengo que pensar un poco más en esta tesina Sobre el Sentido de la Vida. Estas primeras líneas me han surgido a borbotones por la emoción de haberle conocido, acompañado en el dolor y perdido, profesor, en poco menos de 200 páginas.

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