Sueño, red de Cercanías y un informe inofensivo

Apenas he dormido cuatro horas esta noche. He madrugado para coger un tren y me he dicho "dormiré en el viaje". No ha podido ser. Dos hombres han decidido echar ese primer rato charlando. No les debía parecer demasiado temprano. No es que hablaran excesivamente alto, de hecho había varias personas dormidas. Pero cuando quieres discriminar un sonido, es imposible. Como cuando quieres quitarte de la cabeza una imagen... La negación se revuelve sin resultados y el objeto de nuestro rechazo se burla fijándose en nuestros sentidos con contundencia.

Como no he podido dormir me he puesto a trabajar: correo electrónico, las tareas del euskaltegi, lectura de dos documentos y un informe... Con todo mi empeño a favor y todo mi sueño en contra. Se acostumbra una a vivir cansada pero es muy mala vida.

Bajarme del tren y correr... Odiar la red de Cercanías como lo hago siempre. Salir a la calle y correr más... Mis pies... Deben odiarme: tan dañados y yo faltándoles al respeto de esta manera.

Llegar al fin, aunque muy tarde, y ser acogida con sonrisas, café con churros y un resumen de lo hablado para poder seguir la reunión. Buena gente.
Tras el trabajo en equipo, un picoteo y una cañita en buena compañía. Se hace tarde. ¡Me voy! De nuevo, la inseguridad apoderándose de mí ante el mapa de Cercanías. Nadie sabe nada en esta ciudad. Al menos, nada de la red de Cercanías.

Me subo con fe ciega en intuiciones que me fallan casi siempre cuando trato de orientarme. ¿Mi brújula necesita quizá una pila? Así, tal cual, no me ilustra nada.

Me apeo una parada antes. ¡No voy sobrada de tiempo! Sapos y culebras de nuevo para la red de Cercanías. Sé que la culpa es mía por haberme despistado, pero ella ni siente ni padece y debe estar acostumbrada y yo tengo mucho sueño.

Espero al siguiente pero no llega, no llega... Y voy a perder mi tren. Pregunto a un uniformado que ¡sí sabe!: "En cinco minutos". Quedan doce para que salga mi Alvia. Si cuando al fin llegue no acierto pronto con el andén, lo perderé.
Oigo que lo anuncian y en nada lo veo venir. Me subo y me escucho decir "venga, venga, venga...". En pocos minutos estoy. Bajo y echo a correr. ¡Mis pies! ¡Qué dolor! ¡No puedo! Sigo corriendo, cojeando, como soy capaz. Otro uniformado que sabe: "Andén 16". Corro, corro, corro hasta que me paran en la garita: billete. Saco mi teléfono y un uniformado más lee el código BIDI de mi reserva. Vuelvo a correr. Me detienen. Quedan 2 minutos para que el tren se vaya. El bolso tiene que pasar por la cinta para que puedan ver que lo que llevo es pirotecnia: un informe de pobreza de ayer del que hoy ya se ha olvidado casi todo el mundo. Inofensivo. Me permiten pasar. Vuelvo a correr porque hay dos trenes y el mío es el segundo y mi vagón es el primero de todos.

Cuando freno en seco para subir por la escalerilla del vagón quisiera hacerlo a gatas. Me siento sin mirar dónde. Necesito parar. Pinchazos en mis talones, satisfacción por mi proeza: miro el reloj y es justo la hora. El tren arranca. Busco mi 7B y me dejo caer.

Si pudiera dormir un poco... El vagón está muy tranquilo. Mucha siesta y gente sola. Es la mía. Cierro los ojos, me predispongo, pasan los primeros minutos. Pasan los siguientes y unos cuantos más. No puedo dormir.

Empiezo a ver una película pero la mente se me va al dolor de mis pies, al informe de pobreza y a la diabólica red de Cercanías. Me rindo. A Morfeo le pasa algo conmigo. Hace tiempo que deja en "visto" mis guasaps y no me contesta.

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