La pompa

Sobre aquella lágrima tan importante sopló con dulzura, cuidado y respeto, en un intento de sentirla crecer. Con los ojos cerrados y las ganas de llorar prensadas, insufló todo el aire que rondaba en sus pulmones poco a poco, sabiendo que se la jugaba.

Cuando no pudo soplar más, desplegó temerosa su mirada y allí estaba: una pompa perfectamente redonda con sus reflejos de colorines y su danzarino levitar.

Sonrió. Tal y como le había sido indicado en el sueño, acercó el dedo corazón de su mano derecha y, con cuidado pero con seguridad, la tocó. La pompa se hizo atrás desde el punto de contacto y tiró de ella suavemente hasta que una media luna la sentó en su regazo. La pompa estaba tibia y ella se dejó templar, mientras un imperceptible mecer la consiguió dormir.

Pasó un tiempo o a lo mejor dos. Quizá todo el tiempo posible. Ella no lo sabría. Despertó sobre una alfombra de lentejas y abrazada a un cuaderno cerrado con una cremallera. Estaba dentro: completamente rodeada por la pompa.

Se incorporó, arropó un puñado de lentejas con el cuenco que formaba su mano y las sintió librarse entre sus finísimos dedos, como si fueran agua... Buscó la fricción de sus pies con la legumbre y no sintió dolor alguno. Se puso en pie: ningún dolor en las plantas de los pies... ni en ninguna parte. 

Amortiguado le llegó el rasgueo de una guitarra y desde la garganta le subieron hasta los ojos unas lágrimas densas como lagos.

Pasó un tiempo o a lo mejor dos. Quizá todo el tiempo posible. Y al despertar de otro sueño arropado con lentejas, vio acercarse a dos niñas que abrazaron la pompa y sobre ella posaron con delicadeza un beso. Sintió que las amaba y que verlas marchar le devolvía dolor en el pecho y en la boca del estómago; y un temblor en el cráneo.

Se retorció y se dejó caer junto al cuaderno. Lo abrazó y lloró de todo el dolor y de su cabeza quebrada. Frotó los pies contra las lentejas y el dolor finalmente cedió.

Pasó un tiempo o a lo mejor dos. Quizá todo el tiempo posible. Y ella llevaba un rato despierta, obsesionada con retener las lentejas que persistían en escapar por entre sus dedos. Finalmente, tiró con rabia un puñado contra la pared de la pompa. Algunas lentejas le volvieron y le dañaron el rostro. No le importó, pero al echarse las manos a la cara recordó, de pronto, que tenía dos ojos, una nariz y una boca; dos orejas, una frente, cejas, pómulos, barbilla y dientes, y todo le pareció innecesario. Pensó dónde estaría recogida su alma a la que tanto echaba de menos. Lo recordó de pronto: en el cuaderno.

Lo cogió, abrió la cremallera y desplegó la portada. La temperatura de la pompa bajó de repente y ella tiritó. Pasó las primeras hojas, en blanco, y encontró al fin una caligrafía desbocada y urgente. Leyó.

Pasaría todo el tiempo posible o quizá no. Sobre una alfombra de lentejas duerme, abrazada a su cuaderno, y sueña que siente un dolor inmenso que quizá, cuando pueda despertar, se desvanezca con solo frotar los pies contra una alfombra de lentejas.

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