Lluvia al fin

Después de un otoño excepcionalmente cálido y un invierno benigno y seco como recuerdo pocos, al fin nubes en nuestro eterno cielo azul; al fin unas tímidas gotas imponiéndose al viento sur para no morir antes de llegar al suelo. Y, en unas horas, despedirse la luz como si estuviera por llegar un atardecer que no tocaba. La gama completa de grises a pinceladas en el firmamento y un crepitar que no es de fuego sino de una tupida cortina de agua que se encabrita contra el suelo de mi calle.

Me ajusto el chal porque contemplando la chaparrada desde mi terraza, se me cuela el frío desde los brazos hasta bien adentro. Marca seis grados el mercurio en el exterior. Sonrío. No recuerdo haber visto temperaturas por debajo de 17 en muchos, muchos años.

No saben la suerte que tienen en el Norte. El frío es salud, es respirar limpio; la lluvia y la nieve son chorretones desinfectantes para el aturdimiento del alma. El invierno que les ronda prepotente durante más meses de los que les dicen en la escuela que tiene, es inspirador: la fraternidad brota del frío en el propio calor que se espera de un fuerte abrazo. Las familias están unidas porque la calle está húmeda y arisca para andar rondando. Las personas que caminan bajo los paraguas lo hacen con una sonrisa, con el regocijo de quien sabe que con el agua de la lluvia reciben un bautismo de paz...

Paz, paz, paz, paz... Espero. Aguardo a que me den permiso para desandar la inmensa trola de mi visualización inducida. La música ha terminado. Estamos en silencio. Me entran las prisas y abro los ojos... ¡Y ahí está! Me cagüen todoooooooooooooo... ¡Bastaaaaaa!

Perdón, Señor, por todo: por lo que hicimos como pueblo desde el principio de los tiempos que no te gustó un pelo, por cargarnos tu planeta, por nuestra insolidaridad, por nuestras pocas ganas de nada, por dilapidar la vida frente al maná de Netflix, por haber comido Nocilla a cucharadas sin permiso, por haber hecho eso mismo con la leche condensada, por haber dejado las migas sin recoger aquella tarde, por haberme hecho la loca y no planchar los calcetines, por haber querido bombardear las oficinas de Correos (sin gente) tantas veces. Perdón por todo, Señor. Yo te preparo el alegato del juicio final -que sé que te da pereza porque anda que no hay causas abiertas- pero tú para esto, anda. O... no sé: que llueva café.

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