Ojalá brillara para mí

"Todas las estrellas son iguales hasta que descubres cuál es la que brilla para ti". El Principito. Antoine de Saint-Exúpery.

Hay una estrella pequeña, frente a mí, en medio de un cielo tan negro y profundo como lo es este llanto tan bobo que no me permite respirar. Me ha venido esa frase a la cabeza y he pensado que quizá esa es mi estrella. Ojalá fuera la mía y brillara para mí.

La miro suplicante, necesitada de una chispa de luz en medio de mi ofuscación y de ese dolor que duerme siestas breves que no reparan. Todo lo que hiere se muestra imponente por la noche. Es muy de noche y me siento rota. ¿Si esa estrella no es la mía qué haré? En este pedazo de cielo que me toca no hay más luz. ¿Tendré que asumir entonces que nadie me guarda hoy desde allí? ¿No es ahí arriba donde nos han enseñado a reconocer las señales de la esperanza? Si esa estrella que brilla no es la mía ¿qué puedo hacer? ¿Me vuelvo para dentro de misma, me vomito en las entrañas, grito con el silenciador del pudor e intento dormir?

Hoy que el calendario me marca que soy más grande que ayer, yo me siento pequeñita y perdida en una existencia que ni me ajusta ni me abriga.
Miro fijamente a la estrella y espero una señal... ¿Me llevas?, le pregunto. En cualquier parte mejor que aquí y ahora, en esta soledad que no encuentra siquiera palabras para desparramarse en desconsuelo.

Vaya... Te estoy buscando... pero deduzco que te has marchado mientras escribía sobre ti. De acuerdo. No eras tú la mía. No brillabas para mí. 

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