La vista de cada verano



No me canso de mirar desde aquí, desde las bodegas de este pueblo capital del Valle del Cerrato, Baltanás (Palencia).

Cada verano, desde hace muchos años vengo por aquí y subo a lo que las gentes del lugar llaman El Castillo; una montaña perforada y así madre de unas cuantas bodegas, con su merendero en la parte de arriba, sus bancos y sus chimeneas de piedra.

Por temporadas, ha estado limitado el acceso con coche por temor al derrumbe, pero El Castillo resiste y guarda la trasera de la iglesia de San Millán. Allí mismo, justo detrás, están las dos pequeñas bodegas de la familia. Y desde ahí mismo, todos los meses de agosto, me quedo boba admirando la torre de la iglesia - con su reloj parado y sus puntuales campanadas- velando los tejados del pueblo, los caminos, las pendientes; a lo lejos, la ermita de la Virgen de Revilla, el parque de La Carolina, el edificio que aún llaman el silo, la escuela, las piscinas, el frontón... Y los modernos molinos a la derecha, escuálidos como los tiempos que corren para el medio rural, respetuosos con el entorno, al menos aquí en Baltanás que son pocos y no fuerzan estridencias lamentables.

Al Castillo, acostumbran a subir los hombres del pueblo a almorzar - o como se dice aquí "a tomar un cacho pan"- , tanto si es verano como si es invierno. Hay rumores de que el "cacho pan" es más suculento de lo que se entiende a primera vista. Y es que no podía ser de otra manera: una reunión de amigos se queda muy justa sin "un poco chorizo" y "un poco vino", pongamos por caso.

Ahora mismo, mientras escribo estas líneas y retumba la media en la campana de la torre, escucho la animada conversación de un grupo de señores con el buen color que tienen los rostros criados al sol y al aire. Arrojan con cada frase que pronuncian, la contundencia que les otorga esa cátedra irrefutable de quien dice lo que quiere, piensa y siente en el corro amable de los suyos. Tienen ese deje al hablar, tan castellano, que me da tan buenos ratos; porque con los años he aprendido a escuchar ese tono que se me hacía tan tosco, y a sentir la sencillez y el carácter acogedor de este pueblo que se muestra tan orgulloso de su Baltanás.

A poco de que acabe de meterse el sol, compartimos esta vista con los baltanasiegos que están echando la tarde justo en el tejado de nuestra bodega. Se ha levantado un aire tímido y agradable. Si aguantamos un rato más, se nos caerán encima todas las estrellas y no nos quedará otra que repetirnos: qué bien se está aquí, qué bonita está la luna, esta vista es tan chula...

Se siente ya el olor del lechazo en alguna brasa cercana, nos alcanza el humo que escapa de las chimeneas, hay unas niñas que corretean y un bonito perro empeñado en jugar con las piedras. Estoy frente a la torre y los tejados, y lo dejo ya porque quiero asistir a la retirada del sol y la tarde, sin perderme detalle.


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