Olvidos

Vengo enfadada como una mona. Como una mona enfadada. No doy saltitos ni grititos agudos porque no me veo, la verdad. Siento que me restan autoridad. Mi cabreo de mona es más nominativo que escénico, pero no pasa desapercibido fácilmente.

He pasado el fin de semana en una casa rural con dos familias amigas y mis hijas se han dejado cosas en la habitación. Un clásico, lo sé. Les he montado un buen pollo como corresponde. ¿Que si yo no me he dejado algo alguna vez? Claro. Pero yo soy de la generación de "pues apechugas". Si me dejaba algo, mala suerte: no volvía a verlo más. 

Pero nuestras criaturas líquidas de ahora van con chaleco anti frustración por la vida y siempre tienen un padre o una madre que gestiona la recuperación del objeto olvidado. Y, sobre todo, tienen una madre que mira y remira cada cajón y armario de la habitación hasta asegurarse de que no se queda nada sin recoger. Y se aprovechan, de ahí se cuelgan sin contemplaciones: hacen las cosas de cualquier manera, tarde y apremiadas por el tono amenazante que ha ido adquiriendo la petición cuando ya es por cuarta vez.

Pero ¿qué ha pasado hoy? Que la perfección que se me presupone como madre ha tenido un resbalón y no había nadie cubriéndome la retaguardia. A mí se me ha olvidado comprobar los cajones y, como todo el mundo sabe, en lo que respecta a estos asuntos, todos los niños y niñas son huérfanos de padre. Esas comprobaciones son de madre, se ve. No se ha dado jamás un caso de un varón que sienta la llamada del deber ante una situación como esta. Es un tema de calado cromosómico: ser XY es incompatible con la preocupación por el pulido en las tareas colaterales a la crianza.

Huelga decir que no pienso mover un dedo para recuperar el objeto perdido. El temazo de cómo ser comprensiva con el criterio que aplica un ser adolescente para "organizar" una maleta de vuelta, lo dejo para otro post.

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