Pipas

El primer día de mis vacaciones compré una bolsa grande de pipas. Cuando llegué a casa les dije a mis hijas con un desproporcionado entusiasmo: "¡He comprado pipas! ¡Y nos las vamos a comer en la piscina!". Mis hijas sonrieron y, con una condescendencia más tierna que soberbia, me dijeron: "¡Qué bien, mamiiiiii!".

Qué monas. Otras veces no se cortan un pelo en echar jarros de agua fría a mis entusiasmos, pero en esta ocasión ellas sabían que esta escena de la adoración de la pipa era un gesto más; yo estaba entregada a la celebración de mis vacaciones con mucha alegría, con empeño sustentado en pequeños detalles, con una arrebatada actitud de gozo bajo el sol y el calor que tanto se han hecho esperar.

Me merezco mucho estas vacaciones. Ha sido un curso muy duro; no solo en lo laboral, también en lo personal y huelga decir que, evidentemente, en lo meteorológico. Para qué voy a hacer sangre: ya no bebo agua por no verla.
Ha sido el curso del más difícil todavía: retos que me han chupado mucha energía, decepciones importantes con varias personas, dolor físico y mental - propio y ajeno- y unos anhelos poderosos de no estar para dejar de ser y de sentir.

Pero llegó agosto y en este mes que adoro ocurre cada año el milagro: me reencuentro, me saludo con afecto y me miro con cariño; paseo hacia mis adentros y encuentro agazapados ramilletes de haces de luz que no permito que me alumbren en invierno, en primavera... en el primer tramo del verano. En agosto ocurre que con el sencillo gesto de comprar una bolsa de pipas, me hago el mejor de los regalos: la actitud de dejarme iluminar, de dentro hacia afuera. Y en pocos días, me veo guapa.

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