¿Qué tal si cada cual a sus cosas?

Yo ya sé mis cosas. Y precisamente porque son mis cosas no acepto que nadie se cuele en mis dominios. Sé que mi afirmación tiene tono de western, pero así la quiero expresar: cuando decido entrar en el saloon, entro; y si no me meto contigo, lo único que espero es que me ignores y te centres en tus cosas.

He llegado a la conclusión de que hay gente con vidas muy poco interesantes y con influencia limitada o nula en sus entornos. Son personas que dan sentido a su existencia en tanto en cuanto tienen oportunidad de afear conductas ajenas y dar lecciones de, pongamos, educación vial.

La educación vial es el conjunto de normas de comportamiento ciudadano que garantiza la seguridad, el respeto y la convivencia en la calle, en la calzada, en los bicicarriles, las plazas y los caminos rurales. Y junto a la educación vial están los y las agentes de la ley, cuyo cometido es, entre otros, hacer cumplir la norma con la información, la advertencia, la sanción e, incluso, la prepotencia y la chulería que debe ser una asignatura para subir nota en las academias de policía local (generalizar es un asco y es injusto, pero mi experiencia con la policía "de proximidad" es altamente decepcionante y, oye, yo escribo desde lo que vivo).

Bueno, pues diré que, mal que me pese, le reconozco la autoridad a la Policía Local. Porque entiendo que "o jugamos todos (y todas, por favor) o se pincha el balón". O nos atenemos a unas convenciones y a unas normas que regulen los básicos de la relación interpersonal en los espacios comunes, o esto se pone inhabitable y acabamos, como en los videojuegos de eliminación, quitando del medio a todo pichipata que interfiera en nuestros objetivos.

Ahora bien, a toda esta peña a la que le alegra el día erigirse en garante de la ley sin haberse currado la placa, le voy a desempolvar el evangélico versículo número 7 del capítulo 8 de Juan: "Quién esté libre de pecado que tire la primera piedra". Básicamente: si nunca has cruzado en rojo, dejado de parar en un paso de cebra, quedado con las vueltas de más o colado en una fila (por poner ejemplos facilones) te reconozco desde ya la autoridad para amonestarme en la vía pública; basta con que tengas la certeza de que yo he incumplido la norma (que muchas veces no conoces, por cierto) aunque te estés columpiando y cometiendo una injusticia.

Pero... si no eres ciudadano o ciudadana sin mácula, me vas a hacer el favor de empezar a mirar más para dentro que para fuera, dejar vivir a la gente que vamos tranquilamente por la calle sin meternos con nadie y, sobre todo -y este favor es a ti- analizar de dónde te viene esa necesidad de ponerle el punto sobre la i a personas que no conoces de nada, que no te han hecho nada y que ya tienen bastante con sus cosas, como para tener que aguantar la mala onda que les generas con tus toques de atención de maestrillo inseguro.

Y ya os he dedicado demasiado tiempo: a ti, señora con perro que me quisiste reconducir la ruta antes de ayer; y a ti, bicicletera metomentodo que te has puesto de parte de la furgoneta que de poco me embiste, cuando, ni por el forro, has podido ver la maniobra desde donde estabas. Sacáis lo peor de mí.

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