Quiero con el abuelito a las montañas

Desde mi última entrada, hace una semana, han pasado varias cosas: me he incorporado al trabajo tras las vacaciones, he vuelto a ver llover y a pasar frío, y me he pillado un trancazo descomunal. Yo acogida llamo a otra cosa, la verdad.

Así que me he vuelto a marchar y estoy otra vez en el pueblo. Un poco como esos perros tiernos que los cambian de familia y recorren kilómetros para volver con sus antiguos dueños. Pues yo me casqué ayer 190 kilómetros para volver junto a mi sol y aquí estoy. He vuelto al verano y a la luz. Con mucha tos, eso sí.

Y yo ya sé que esto es pan para hoy y hambre para mañana, porque en 24 horas se me acaba el bono-escape otra vez. Pero es que un mono como el mío no se puede enfrentar a la brava. Igual esto que hago es alargar la agonía y es más eficaz el jarro de agua fría y a tiritar. Yo que sé.

Pero Baloo y yo estamos tan bien aquí... Todo el día con el hermano sol, la hermana luz, la prima paz, la tía siesta, la carta de ajuste de la madre tierra con sus degradados sobre el cielo azul y esas nubes blancas no violentas... Estamos tan a gustito metidos en este sueño del aquí y ahora...

¿Es tanto pedir un poco más de sol y calor? ¿No es un derecho humano el acceso al astro rey? ¿Tenemos que resignarnos a que sea otro servicio público mal gestionado como plantea el pequeño gran Guille?

El lunes, cuando solo me quede de verano las fotos de mi móvil y la nostalgia, diseñaré un plan de escenitas de sonambulismo dramático, a ver si alguien lo pilla y, como a Heidi, me llevan allí donde me siento feliz: quien dice a las montañas con el abuelito dice lugar cálido con luz que me devuelva la alegría. Porque no, eltiempo.es: que haga bueno no depende de mí. No solo, vaya.


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