Un camino

Cuando la pena te rompe en tantos trozos que ya no hay siquiera ganas de intentar casarlos, cuando la desesperanza es tan profunda que solo queda inflarse de orfidales, cuando las ganas de llorar superan con creces las de respirar, cuando nada está en su sitio y resulta imposible encontrar siquiera un libro para escapar, cuando la soledad y un lugar nuevo y lejos se brindan tentadores, cuando no hay ya palabras para expresar lo mismo de forma distinta, cuando el temblor del crujido es ensordecedor y desprende todos los agarraderos, cuando los dedos dudan sobre el teclado, cuando la pena te rompe en tantos trozos que ya no hay siquiera ganas de casarlos, solo un camino en mitad de la nada.

Entonces amanece. La mañana es fría. No cogerá calor con el pasar de las horas pero lucirá el sol.
Ocurre lo previsto: las tareas, los cuidados, darse y cuadrar, pedir permiso para volver a verse y pasar un rato recordando viejos tiempos y huyendo de malos recuerdos.
Sucede que tienta quedarse en la esquina y pasar desapercibida. Sucede que hacerlo daña la seguridad y engorda a los fantasmas.


Se pasea ante los ojos la muchacha con la mochila llena de cuadernos. Lleva prisa y tiene ganas de sembrar en su huerto. Va descalza, sin paraguas, sin chaqueta a la cintura, abrigada solo con su destino.

Se intuyen las pisadas de un camino que lleva al casillero del apartado de Correos. El número 46 está abierto y aguarda. La pena, la desesperanza, las ganas de llorar, la soledad, el temblor, las dudas, los orfidales y los trozos corren a meterse dentro. La llave gira y el sol, contra todo pronóstico, calienta.

Comentarios

Entradas populares