Aún no había llorado


Han pasado diez días desde el atropello. La operación salió bien, he vuelto a casa y tengo el dolor más o menos controlado.
Estoy acomodada en el sofá, con la pierna estirada, enfundada en una aparatosa rodillera ortopédica, y tapada con una manta. Estoy viendo un vídeo musical precioso que mandó hace unos días un compañero de la coral... y he roto a llorar.

Todavía no había llorado. Escuchando la versión con solista* de una nana maravillosa, las lágrimas, como un río interior de emoción, fragilidad, amor y nostalgia, se han desbordado por mis ojos. He llorado de pura vida. Había llorado de dolor en estos días, pero aún no lo había hecho de emoción.

Acabo de ser consciente de verdad de todo lo vivido. Un leve temblor se ha instalado en mi cuerpo y se me ha volcado de golpe, sobre el alma, todo el cariño, amor y arrope recibidos en su completa intensidad.

Estoy muy abrumada, muy cansada, muy débil; muy cuidada, muy querida y muy serena. Todavía no había llorado y ahora que ya me he vaciado de este susto tremendo y del miedo a mi humana vulnerabilidad, soy consciente del camino que se me ha dibujado delante de unos pies que tardarán en poder pisar fuerte, andar, pedalear, correr..

Tengo un disgusto morrocotudo por lo que se me ha venido encima. Me toca trabajar la paciencia, la espera, la constancia, el agradecimiento, la templanza y la confianza en cada día como tiempo y espacio de oportunidad, esperanza y reconquista de mi automía.

"Pies para que los quiero si tengo alas para volar". Me viene a la cabeza constantemente esta frase de Frida Kahlo, ejemplo de grandeza y creatividad ante el sufrimiento espantoso con el que vivió la mayor parte de su vida. Yo no soy Frida ni mi padecimiento y situacion son comparables; no tengo alas pero sí teclas que me van a ayudar a alzar ese vuelo liberador. Lo están haciendo ya.


*La escena de la nana es un fragmento de la película "Una canción para Marion" (Reino Unido, 2012)

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