Quería decir no, pero he dicho sí

Dos veces. A las doce del mediodía, la primera; a la una, la segunda. Uff. 

Para la primera no estaba preparada. Ha sido una de esas cuyo planteamiento lleva bicho dentro; de las que suelen empezar por ¿Tú no podrías hacer...? Digo que llevan bicho porque hay algo de cuestionamento de capacidad en el planteamiento, que es una purita trampa. Cuando te lo piden es porque saben que puedes. Eso es así. Pero a la persona a la que va dirigida la propuesta le llega con un tufillo de reto: aquello tan infantil de ¿A que no eres capaz de...? Y por ahí te la meten doblada. Porque sí: ¡Claro que puedo! Soy una mujer comprometida con el paso al frente (a veces siento que esta también es una auto trampa, la verdad) y si puedo hacerlo, lo hago.

Ya. ¿Pero qué pasa si no quiero? Bueno, pues no quería. Mi cabeza producía un mensaje en bucle: "Di que no puedes, di que tienes otro compromiso, di que no te apetece, di que no quieres. Di que no quieres. Di que no". Y mi boca ha dicho: "Sí. Vale". Con poca convicción, es verdad. Pero quien no quiere pillarla no la pilla y me he comido el marrón. Decepción conmigo misma: ¿Otra vez? ¡No es tan difícil, chica! Cuando a ti te dicen que no, te conformas y activas plan B. ¡¡Aprende!!

La segunda. La segunda iba a venir, pero no la esperaba tan pronto. De hecho, quería haberme adelantado antes de que me llegara la proposición. Pero esta vida me come los días, los minutos y las horas y se me ha hecho demasiado tarde. Me ha pillado el granizo sin escudo. He notado el pedrisco sobre mí y he escuchado el bucle, esta vez muy cabreado, dentro de mi cabeza: "No, no, no, no. Habías decidido que no, que no más. No, no, no". Y mi boca ha dicho: "Vale". 

He sentido tanta rabia... Me he percibido tan pequeña, tan pringada, tan incoherente, tan peligrosa para mí misma. Dos veces en un rato. Pff. No sé para qué me cargo de empoderamiento en las bambalinas, si luego me veo en mitad del escenario, deslumbrada por el supertrouper, haciendo el papelón de mi vida mientras me vacío de energía. Me visualizo como aquel muñequito de la primera versión del juego deportivo Fit de la consola Wii, que te calculaba la edad física con una plantilla de ejercicios y salía abatido de escena cuando el cálculo superaba con creces tu edad real.

Pues así: achantada y sin ganas de ná.


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