El signo de mis circunstancias

Hoy he recibido un mensaje de una persona que se preocupaba por mi estado y por el avance de mi recuperación: "Supongo que igual te aburrirás", decía. Qué presunción más mona y qué reconfortante la pizpireta respuesta que se ha dibujado en mi sonrisa.

El atropello ha sido una faena, sin duda. Llevo desde el día 17 boca arriba, con la espalda más o menos inclinada y con escasas, breves y molestas oportunidades para experimentar con mi maltrecha verticalidad. He perdido de golpe toda mi autonomía: no puedo moverme sola, he salido dos ratos a la calle en todos estos días y tengo que esperar a que me puedan atender cuando me surge cualquier necesidad. Echo de menos mi independencia, la calle, pasear con Baloo, moverme en bicicleta, tomar decisiones y, en general, la normalidad con todas sus cosas buenas, regulares y no tan buenas.

Pero en un ejercicio consciente, necesario, terapéutico y reconfortante he decidido voltear el signo de mis circunstancias: desde el día 26, que me dieron el alta hospitalaria, estoy gozando de la oportunidad de gestionar horas y horas de un día tras otro como se me antoja. Lo siento realmente así: este parón forzoso es un regalo en su cara B. Estoy escribiendo, leyendo, estudiando euskera, viendo series, recibiendo amigos y amigas en casa que dan calor a mi corazón y buen ánimo a mi convalecencia.

No me aburro, claro que no. Decir que estoy feliz como una perdiz no sería creíble y no lo diré. Quiero recuperarme cuanto antes, poner a prueba mi tibia pertrechada y retomar el control de mi vida. Pero sí puedo decir que el signo de mis circunstancias es positivo y un caramelo desenvuelto que se me brinda. Pienso paladearlo despacio, porque antes o después se me acabará; ser consciente de eso es lo que hace que me esté sabiendo tan rico.

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