El síndrome del desván perpetuo

Llevo días haciendo un agujero en mi tripita donde se me mete toda la desazón que me provocan las cosas que no puedo hacer por mí misma. Miro a mi alrededor y veo marcados con un rotulador fluorescente imaginario todos los objetos, prendas, envoltorios y papeles que correría a colocar en su sitio si pudiera. Miro al cielo y ruego que inste con eficacia a que alguien lo haga, pero por allí arriba no escuchan plegarias tan tontas como la mía. La ausencia de armonía visual que tanto me inquieta, se camufla en sutil desorden tan difícil de detectar como los gamusinos, que hace falta mucho entusiasmo para verlos. Sé, porque llevo años esperándolos inútilmente, que los duendes del zapatero del cuento no conocen el camino hasta mi casa. Así que por ahí entro en vía muerta también y cada amanecer descubro que todo continúa como se quedó la noche anterior.

Hay otro montón de cosas que no podré hacer mientras no vuelva a andar y esas las tengo asumidas con bastante paz. Pero el síndrome del desván perpetuo lo arrastro desde la infancia y sé que no tiene cura. Para quienes padecemos este mal, un papel fuera de carpeta es una amenaza de sarpullido en piel, irritación de pupilas y sudoración de manos. Solo quien lo padece sabe lo mal que se pasa.

El agujero de mi tripita está a tope y yo no sé pedir más alto ni más claro. Hay tanto por hacer y tan pocas manos que no me atrevo a tirar de súplica y llanto para conseguir el objetivo. Me agarroto de angustia pasando tantas horas en una habitación fuera de mi control.

Hay muchas personas que alaban mi actitud y mi estado de ánimo tras el atropello y el sedentarismo forzoso al que me he visto sometida. Y yo le quito importancia porque sé de mis debilidades y, en particular, de esta intolerancia a las cosas fuera de lugar, que me provoca congojas que dejarían perplejas a esas mismas personas que admiran mi serenidad ante la adversidad. Pero qué puedo hacer: no es fácil ser verde.


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