Tipi-tapa


Hoy es un día grande. Enorme, de hecho. Me he puesto de pie y después de once semanas, he vuelto a andar. ¡Un hurra por mi pierna rota! Estoy feliz porque los pequeños avances dan mucha fuerza cuando el camino es largo. Ahora tengo dos piernas y dos patas y la oportunidad de esquinar mi motillo y recuperar la visión desde mi metro setenta. No quepo en mí de gozo. Además de sentir el suelo bajo mis dos pies, la vida me regala hacerle una definitiva pedorreta a la heparina y comunicar la buena noticia a mi tripa llena de moratones y puntos rojos. Sobre esta tortura diaria ya me despaché.

No son ni las nueve y estoy tremendamente cansada por todo lo que he andurreado pasillo arriba, pasillo abajo. Qué gustazo estar cansada y tener un motivo físico; poder decir eso de "Uf. No he parado en todo el día". Y es que no aprendemos a añorar hasta que no perdemos. Así somos. No diré que echo de menos la vida imposible de los días contrarreloj; no, no, no. Pero sí he aprendido a poner en valor la normalidad; esa que llamamos rutina en tono despectivo. 

La rutina es una oportunidad para hacer las cosas de otra manera o con otra actitud, aunque es verdad que este es un planteamiento trampa: cuando tenemos salud, recursos, red social de apoyo... resulta que no nos sentimos capaces de cambiar el signo de las cosas que nos limitan y apabullan, y la oportunidad para redirigirnos se nos escapa entre los dedos porque no nos detenemos lo suficiente para pensar en cómo hacerlo; o nos da tanto miedo que preferimos sumar créditos y doctorarnos en procrastinación.

Desde la calma reconquistada tras mi parón forzoso he pensado mucho en esto, pero, al menos de momento, no tengo respuestas que compartir con la comunidad acogotada por la carrera permanente y el objetivo vital puesto en alcanzar los puentes y las vacaciones. Sin embargo, he descubierto el poder del querer: del querer estar bien y querer sentirse bien. No es mérito mío, apareció de repente; tan solo unas horas después de que aquel coche me vapuleara. Se han cumplido ya once semanas y estoy bien y me siento bien. Quisiera retener conmigo este superpoder y conservarlo cuando recupere mi rutina. Es difícil de entender que me resulte más atractivo y más interesante el camino precisamente cuando no puedo andar y necesito apoyos para cada paso que doy. Es difícil de entender también que haya desarrollado una permeabilidad a la ilusión y al goce por las pequeñas cosas que hace tiempo tenía obturada con un revestimiento de gore-tex que he ido generando con el pasar de los años. Es lo que suele ocurrir cuando una se reconoce demasiado cansada para perseguir sus sueños.

Pero ahora que comparto mis retos más importantes (caminar, correr, andar en bici...) con los niños y niñas de 1 a 6 años, creo que me ha sido otorgada también la gracia de sentir que tengo vida por delante para hacer, deshacer, soñar, despertar, caer, volverme a levantar y elegir mis rutas y destinos.

Tipi-tapa, tipi-tapa, paso a paso...


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