Una estrella en mi jardín

Esta mañana me he despertado muy temprano y con la tristeza puesta. He abierto los ojos y he tenido la necesidad de identificar qué era lo que tenía tan en primer plano provocándome una emoción tan invasiva. En solo un instante he sabido de dónde me venía la pena y los ojos se me han llenado de lágrimas. 

En los últimos días he estado revuelta, pensando mucho en lo frágiles que son a veces los afectos, en lo rápidamente que identificamos lo que nos daña y el valor que damos a nuestra parte de razón; nos resulta tan gratificante sabernos los buenos que olvidamos que los otros a lo mejor no son tan malos. Con el pasar de los días, esto que nos pasa va perdiendo intensidad y restándonos seguridad; aquello que generó el conflicto se va enfriando, los ánimos calmando... y entonces ocurre que empezamos a echarnos mucho de menos y nos ponemos tristes. Unas veces no sabemos cómo recular, otras no creemos que tengamos que hacerlo, pero hay un lugar común donde podría producirse el encuentro y por donde evitamos pasar por miedo a no saber cómo actuar si nos halláramos frente a frente.

Y así nos pasamos la vida: yendo y viniendo, del abrazo al evitarse las miradas, de la buena conversación a los monosílabos, del café compartido a los mensajes medidos en WhatsApp, del bienestar a la inquietud. Y al revés, afortunadamente; de verdad creo que el amor es más poderoso que el odio y que dentro del corazón nos puede el anhelo de reconciliación.

¿Pero qué pasa cuando la falta de entendimiento es tan grande que acaban por borrarse los caminos para ir al encuentro? Pues que todo el mundo sufre alrededor y se presenta ese reto tan difícil de acompañar sin juzgar.

Van pasando los días, las semanas, los meses, los años... la vida. Se van perdiendo por el camino los veranos, los sueños, las fuerzas, las ganas... la salud. Se hace tarde, se agotan las oportunidades y los momentos para marcar ese número. Los días empiezan a parecer más cortos aunque sea primavera y un día ya da igual, porque aquella persona que para ti fue tan importante no está.

Estoy en esa edad en la que me toca ver que mis mayores se han ido haciendo pequeños. Me cuesta mucho aceptar la fragilidad de aquellas personas que han guiado mis pasos, que han tenido el bastón de mando, el ejemplo que mostrarme, los lazos en los que enredarme, un origen que ofrecerme y referencias para construirme. Pienso en las oportunidades que ya perdí y en su irreversibilidad y me pide el cuerpo revisar mis tareas pendientes, aunque eso suponga que la noche te espolee sin haberle dado permiso y te levantes una mañana muy temprano con la tristeza puesta y una estrella caída en el jardín.





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