La pregunta

Acabo de despertar de un sueño en el que una persona que fue importante para mí en otro tiempo, me arrinconaba en una representación teatral escrita por mí y para mí buscando mi desasosiego y, no sé si también, mi capitulación.

Asisto a lo que yo creía que era una conferencia y, de repente, el discurso de la ponente se vuelve confuso para mí. Miro a mi alrededor buscando el desconcierto en las caras de la gente, pero todo el mundo mantiene su mirada en esa mujer que ha convertido la tarima en escenario y representa un afectado monólogo dirigido a mí. Sus palabras son reproches, acusaciones infundadas, rencor trabajado y envejecido; son dardos que yo siento cargados de un potente sedante que corre por mis venas, adormeciéndome sin permitirme abandonar del todo la conciencia. No puedo hablar.

La señora comienza a subir los cientos de peldaños que nos separan y yo echo un ojo a mis muletas y pienso cómo he sido capaz de subir hasta tan arriba. Siento el regodeo en cada uno de sus pasos, en cada escalera que salva con ostentación y en el gesto de satisfacción de su cara al saber que no puedo moverme. Me viene a la cabeza el tema musical que lleva a escena los latigazos sobre la espalda de Jesús en Jesucristo Superstar. Oigo esos guitarreos y siento la amenaza muy cerca.

Miro hacia abajo y ahí continua ella, evitando encontrase con mi mirada. Siempre fue una cobarde. Puedo ver su sonrisa abierta fingiendo disfrutar de la representación, mientras ella y yo sabemos que la estoy buscando para enfrentarla. Sabe que eso no pasará porque nos separan un montón de escalones que yo no puedo bajar. Sabe que voy a volver a quedarme sin respuestas, sin reparación, como hace tantos años.

Intento discriminar de entre toda la afectación de esta trabajada puesta en escena, el sentido de la encerrona. No sé por qué ahora. No sé por qué sigo mereciendo tantas atenciones y este protagonismo que no he pedido.

El auditorio está girado hacia mí. Veo la tensión y la ansiedad en esas caras mientras se produce el ascenso del tramo final. Quedan cinco peldaños. La señora continúa hablando y, ahora sí, todas sus frases las inician vocativos. Es a mí. Ya no tengo dudas. No entiendo el sentido de las palabras que pronuncia, solo me llega el dolor con el que han sido aliñadas para servirlas en mi mesa.

De pronto, se calla. El silencio se hace dueño y señor de la escena. La señora me mira y yo miro la sonrisa abierta de la primera fila. Pasados unos segundos, habla de nuevo para hacerme una pregunta importante y fundamental. Escucho en mi cabeza el último latigazo sobre la espalda de Cristo. Despierto incapaz de recordar la pregunta.

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