Un rayo de sol

Justo. Sí. A mí corazón, oh... oh... oh...
Sentada en un banco, paladeando una mariposa de hojaldre. Las muletas a mi derecha, encajadas la una en la otra, formales; a mi izquierda, la mochila, semiabierta mientras tanteo mi botella para beberle un poco de agua.

Cierro los ojos... Querido sol... Es febrero pero calienta mi rostro, mi pelo y sí, mi corazón, oh... oh... oh...

Me siento bien. Muy bien. Estoy tranquila, descansando del camino, feliz de mi recién recuperada verticalidad. Agradecida a la vida por la oportunidad de ofrecerme este tiempo para poderme parar a contar. En deuda serena, en alegre retiro de los días veloces impenitentes. En alerta permanente para atrapar las sensaciones hidratantes que me prorrogan la vida por la gracia de un destino que tiene planes para mí.

Acepto mi viaje y soy consciente de cada uno de mis torpes pasos y de mi rodilla asustada. Cada vez me cuesta menos hacerme la loca cuando me arrebatan las ganas de subirme a la bicicleta. Cada día es uno más que ganarle al reto y cada palabra que escribo es un deseo de robarle al cielo un rayo de sol para ponérmelo en la solapa, como un alfiler en día de fiesta.

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