El personaje


El carnaval es un festejo que ni me provoca ni me tienta particularmente; soy persona discreta, poco dada a excesos de ningún tipo. No soy traviesa ni juguetona, así que tampoco veo en esta celebración una ocasión para divertirme. Si hablamos del reto de atreverse a soñar, de aparentar ser quien te gustaría ser, mis días de trajes a medida, adornos, maquillajes y máscaras fueron, sin ninguna duda, otros; todos los otros días del año.

Durante un tiempo largo no fui consciente de presentarme disfrazada ante el mundo cada mañana. Se trataba de vivir, de sobrevivir, de equiparme para cada circunstancia, de responder a las expectativas, de alimentarme de la aprobación de terceros, de evitar conflictos que creía no ser capaz de gestionar. Se trataba de esconderme para que no me encontraran como estaba: perdida, asustada y sola en una vulnerabilidad blindada con lo que muchos años después me atrevería a llamar "el personaje".

Un buen día, cuando la madurez llamó a mi puerta, el personaje me pidió cuentas. Estaba cansado de su protagonismo y me propuso retirarse a las bambalinas y, en reconocimiento a mi hospitalidad durante tantos años, dijo querer quedarse a mi vera, ya como simple apuntador en los momentos de ofuscación y desamparo.

Hasta entonces, no había sido consciente de haber estado alimentando un alter con el que me había presentado ante todas las personas que se habían ido cruzando en mi camino. Los afectos cosechados, la amistad, el amor, los reconocimientos, las lealtades... eran ganancias de comediante, de alguien que, aun con todas mis bendiciones, no era yo.

Y la oscuridad se hizo. Sin la protección del personaje, qué quedaba de mí. El concepto de autenticidad escapaba a mi discernimiento. El carnaval había terminado y la ceniza hacía cruces sobre mi frente, mi boca y mi pecho.

Pero está escrito y lo aprendí de niña. Después de la Cuaresma, siguen la Pasión y la Pascua. Y así, cíclicamente, tras el carnaval nace un tiempo nuevo para reconocerse, rehacerse y redactar un acuerdo basado en el reconocimiento de las limitaciones, la honestidad, la valentía y la cara lavada. Las pelucas, las pinturas, los accesorios y los trajes, permanecen a buen recaudo en el baúl que custodia el apuntador, para esos momentos que el personaje -antes de liberarme- llamó "de ofuscación y desamparo".

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