Dolor y fuerza



En las últimas semanas he hecho un compañero de viaje nuevo: el dolor. Es cierto que no es constante y que se concentra en un día de la semana; el día en el que unas manos sanadoras se enfrentan con decisión a las adherencias, fibrosis e inflamaciones, que desde hace ya siete meses tienen colonizada mi pierna rota.

Lo paso francamente mal. A ratos, a duras penas puedo controlar las lágrimas. Me paso la sesión echándole pulsos a mi mente, para distraerla del sufrimiento. La llevo a dos playas maravillosas de Almería e Ibiza en las que en un par de ocasiones sentí mucha paz. Procurando ese estado que me aligere el trance, respiro hondo y suelto el aire poco a poco.

Todo esto acabará. Este proceso tiene meta. No alcanzo a calibrar el coste final de mi imprudencia, pero sé que voy por el buen camino, con un gran equipo y grandes dosis de esfuerzo, perseverancia, ilusión y fe.

Voy de la mano del dolor hacia allí, hacia el cierre del episodio. No recuerdo haber padecido tanto en ninguno de mis partos, pero sí reconozco ahora la fuerza que me daba pensar que aquellas contracciones que me retorcían el abdomen me compensarían con creces cuando tuviera a mis hijas en los brazos.

En eso mismo pienso cuando por mi cabeza se pasea nervioso un insistente pensamiento: "Dile que pare, dile que no aguantas más". Y entonces oigo la voz de la tentación que me pide permiso: "¿Aguantas?". Y yo pronuncio sin apenas voz un tímido "Sí'.

Y sin embargo, en estos tiempos de tanta vulnerabilidad, sujeta a pautas, programas y torturas consentidas (y agradecidas), frenada en mi carrera por las circunstancias, resignada ante aquello que dejó de estar a mi alcance... es ahora cuando me siento más fuerte que nunca.

No necesito ir ni venir de un lado para otro como pollo sin cabeza, no necesito correr ni moverme por la ciudad en bicicleta, no necesito la presión que precede a un trabajo bien hecho, no necesito medirme en cada reto que asumo. Es cierto que quiero todas esas cosas de nuevo entre mis capacidades y mis opciones, pero he aprendido que lo que se es es más poderoso que lo que se puede o lo que se quiere.

Estoy en paz con lo que me ha pasado. Agradecida por la oportunidad de reencontrarme, escucharme y desparramarme entre líneas y personajes que llenan de sentido mi vida. Y creo que es desde este dolor tremendo (físico y experiencial) de donde me viene la fuerza. Porque no lo aguantaría si no tuviera la certeza de que es la propia vida la que me coloca esta prueba en mitad del camino para que me detenga, aprenda y crezca.

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