La noche más corta del año




Cada noche de San Juan voy a ver el fuego; a sentir su calor, a dejarme hipnotizar por el crepitar y el espectáculo magnífico de las llamas, a echarle un pulso al infortunio creyendo quemar lo malo y celebrar el solsticio con la esperanza renovada y el sendero limpio de malas hierbas.

Qué relativo es lo de la noche más corta o más larga del año... Han dicho los medios que la más corta fue la de ayer. No es así como la viví. Lo que sí sé es que la de hoy será un poquito más larga; tiene toda la pinta.
Me quedaré otra noche más velando lo que más quiero, lo que más me daña de puro miedo a que se me quiebre entre los brazos. A un lado y a otro de mi agotamiento se pasearán despacito la culpa, la impotencia y el látigo con ese silbido que anuncia su bofetada contra el suelo y contra mí. Contra mí por no intuir, por no acertar, por no decir, por no callar, por no saber calmar, ni guiar ni abrazar a tiempo. Por llegar tarde y mal y sin remedios que aplicar no sé si sobre el cuerpo o sobre el alma.

Las llamas pierden altura. Los maderos se van rindiendo y preparando una cuna templada de cenizas tejida con los papeles lanzados a la hoguera durante horas. Los saltos de los muchachos y muchachas despiertan admiración y aprensión entre quienes como yo preferimos la distancia prudente con el fuego. Un fuego que se presumía invencible con sus iniciales bocanadas y su amenaza sobre nuestros vulnerables cuerpos.

Cuando los rescoldos se impongan como metáfora terrible de la capitulación en la batalla que en algún momento creímos poder ganar, quedaremos tres o cuatro; ajenas a la fiesta, secuestradas por la melancolía y sintiendo que esta noche que vivo eterna podría arrebatarnos la esperanza de un amanecer, a nada que nos descuidemos.

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