Superjueves

Supercansada. Estoy supercansada. Andar con dos patas y dos piernas es una machacada física y mental. A días más física, a días más mental. Hoy, física y mental.

Hacía ya tiempo que les había cogido paquete a los jueves, esa es la verdad. Pero hacía tiempo que no tenía un superjueves; que no es un día de comicios decisivos, sino un día en el que necesitas dos avatares a pleno rendimiento para que te saquen la faena adelante.

Yo hoy hubiera necesitado un avatar para andarme los metros lisos y otro para cargarme los bártulos. Y así yo me hubiera encargado de dar instrucciones en tono colaborativo (nunca autoritario, por Dios) y de darle caña por tierra, agua y aire (literal) a esta pata tiesa mía que no se pliega, no sé si por puro orgullo o porque la han colonizado adherencias hostiles a cascoporro.

Hay días en los que casi me parece que hago una vida normal. Y otros, como este superjueves, que la normalidad de la rutina me parece un lujo inalcanzable. Estoy supercansada. Que ya lo había dicho, ¿no?

A punto estoy de apuntarme al happy hour del cólico del lactante. Ese momentazo en el que la criatura llora porque es la hora (y a lo mejor porque le duele la tripa, vale) de llorar todo lo que se ha quedado sin llorar, en ese ejercicio terrible de aprender a afrontar la vida en cada uno de los minutos y horas de los días difíciles del ser dependiente.

Yo, si os digo la verdad, ahora mismo no lloro porque, si lo hago, generaré lágrimas y moquitos, y tengo los pañuelos de papel un pelín lejos. Y no. No pienso moverme hasta que sea viernes. Mis cuatro patas y yo no se menean más.

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Esta vida es la monda. Mientras yo arrastro mi rendición, Sonia hace postres:



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