Hondo

Me he venido al parque, al primero, al de mi infancia, al de la pista de dar vueltas con los patines, al de los portales con doble entrada y los soportales de paso con los techos abiertos.

Recuerdo las mañanas de verano preparando comiditas para las barriguitas en los jardines y aquella tarde eterna que por fin se hizo noche y nos regaló un clima fantástico para jugar a policías y ladrones con las bicicletas. En mi evocación, las luces, que eran anaranjadas; y la luna, que era llena; y la temperatura, que nos permitía la manga corta como un regalo impagable.

Me he venido a este parque y, de repente, al pasado. Hace viento y el pelo me golpea los ojos y la boca... Y me voy a otro sitio, a las campas de Mendizorrotza, a una mañana de otoño en la que, como hoy, debería haber estado en otra parte. Recupero la sensación de huída y de sentirme triste. Un cuaderno, una pluma y aquel libro de Dulce María Loynaz: Jardín.

A aquella mañana siguió un mediodía en el otro parque, el importante. Allí, rodeada de rosas en un moderno anfiteatro de jardines, terminé mi relato y mi fuga. Volví a casa con mi pequeña mentira y mi gran secreto. Como si no estuviera rota por dentro, saludé y me incorporé a la rutina que no tardó en amenazarme con apoderarse de todo el oxígeno. No le dejé. Cerré los ojos y provoqué con mis pensamientos las caricias del viento en mi rostro y el rasgar de la pluma sobre el cuaderno. De vuelta allí, en el jardín, me dejé mecer con la melodía que siempre libera un texto honesto y respiré. Hondo.

Estoy en el parque, en el primero, el de mi infancia. Me veo patinando en círculos y vuelvo a respirar. Hondo.


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