La bici robada


Parece increíble pero es verdad: nunca me habían robado la bicicleta. Sí por partes: la rueda delantera, la trasera, el retrovisor, las luces... Pero entera, enterita, nunca. Y eso que mi despiste superlativo con todo en la vida, lo ha puesto en bandeja. No sé la de veces que me he dejado las llaves de los candados en la cesta, ahí tan monas, en el llavero redondo con el mapa de metro de Manhattan que me trajo Raquel de Nueva York.

Qué rabia da que te roben. Qué desazón invade cuando confrontan la sensación de vulnerabilidad y el deseo imperante de recuperar lo tuyo. Es como estar maniatada recibiendo una bofetada: qué ganas de llorar y de gritar.

Esta noche me han robado la bicicleta. Ha sido en sueños y no era la mía, porque la mía ya me la habían robado antes. Así lo establecía el equipo de guionistas de mis sueños que -aprovecho para decir- es buenísimo.

Revisualizando el momento de colocar la bici en el aparcamiento, me daba cuenta de que me la había dejado sin candar. Me disculpaba diciendo que había perdido el hábito de hacerlo porque, ¡claro!, llevaba muchos meses sin poder coger la bicicleta.

La bici no estaba donde yo la había dejado, pero sí mi mochila, en el suelo; al parecer me la había olvidado en la cesta, con las llaves de los candados. Todo muy yo. Era la misma mochila que -en la vida real- me robaron hace menos de dos meses y solo le faltaba el dinero (una cantidad similar a la que llevaba entonces).

Cogía la mochila y echaba a andar, llorando sin pudor, con un berrinche superlativo. Sentía las miradas de la gente a las que adelantaba, pero no me importaban. Un único pensamiento ocupaba obsesivamente mi cabeza: no saber cuándo podría otra vez volver a andar en bicicleta.

He mirado en internet qué signicado se  atribuye a un sueño como el mío. Y esto he encontrado: "Las bicis robadas representan el temor a que algo suceda, a que te quiten algo muy preciado de tus brazos". Vaya.

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