La cuenta atrás

Empecé la semana con la resaca del centrifugado emocional que me provoca siempre el día de la madre, y el desteñido de un recuerdo de inmensa luz al que no puedo agarrarme sola.

Ahí estaba yo, haciendo como si nada, cuando llegó la noticia del reconocimiento literario de mi hermano, que publicará El ojo mesopotámico en un par de semanas. Y así las horas finales del lunes cambiaron de color. Me recorrió una onda expansiva de alegría por todo el cuerpo y sentí la fuerza de mi polo positivo.

Martes de médicos, ires y venires varios y un encuentro con una desconocida que dijo conocerme del tranvía, para, a continuación, regalarme una exposición de toda la información recopilada sobre mi persona en los últimos años, meses y semanas. Inquietante.

Curioso también el atrevimiento de proponerme un viajecito a mi pasado reciente -aún sobre la silla de ruedas, puntualizó-, para que me acordara de aquel día que, al parecer, me había arreglado (habrías quedado con alguien para salir o cenar, me dijo) y estuve peleándome con un pañuelo que no se dejaba colocar con gracia. Por lo visto, finalmente, desistí. Pero ella estuvo a punto de ofrecerme su ayuda, me dijo también.

Ya sé que esto de la observación de las vidas ajenas no es nuevo. Yo no alcanzo a entender qué aporta esa actualización constante de datos sobre gente que no conoces, con la de tiempo que lleva y la de cosas que hay que hacer. Pero, oye, a cada cual le entretiene lo que le entretiene. Sin embargo, no puedo evitar pensar que esta costumbre, más arraigada cuanto más pequeño es el lugar, desdibuja la realidad; hace que las personas que observan crean que conocen a las que son observadas. De ahí esa situación extraña que viví cuando la chica me preguntó "¿No me conoces?" Y yo respondí "Creo que no". Debe ser frustrante que una persona de la que sabes tanto te niegue, pero una vez ella terminó de contrastar conmigo la información recopilada sobre mí, me quedé con ganas de preguntarle: ¿Por todo eso crees que me conoces? No lo hice porque no tenía ninguna intención de incomodar a la chica que, por cierto, me pareció encantadora. Pero me quedé pensando: Google me intimida menos.

Súmale a esta experiencia surrealista un corte de pelo, y ya tienes todos los ingredientes para un estado de esos de no me encuentro y además no sé si voy o vengo.

Cogí el tranvía para volver a casa y me faltó un pelo para saludar enérgicamente a todo quisqui. Me sentía una maleducada no dando ni siquiera las buenas tardes a personas que seguramente estaban valorando si estaba o no favorecida con mi nuevo corte y haciendo memoria de la última vez que había ido a la pelu.

Una vez en casa y a resguardo del Gran Hermano local, me dejé caer en el sofá muertita, muerta. Pensé en lo que quedaba de semana: más médicos, asuntos pendientes varios y mentalizarme para, en breve, cumplir un año más, y empeñarme en el balance del camino andado y las expectativas para el trayecto 48. Me entretuve también rescatando un par de conversaciones de guasap que, sin pretenderlo, me habían hecho pupa; soy así de tontorrona. O reconduzco la semana o se me va de las manos.

Llevo despierta desde las cinco de la mañana. He buscado en mi desvelo la compañía de Spotify y me ha hecho un adelantado regalo de cumple: A million dreams. ¡A por ellos! Me pongo ya a hacer la lista. Comienza la cuenta atrás: 40 horas.




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