El patio de los miedos

Oigo un llanto. No tengo claro si es en mi sueño, en mi pesadilla o en mi patio de los miedos. No sé quién llora; ni siquiera si a lo mejor soy yo.

Me levanto y compruebo si la paz se ha roto en alguna de las habitaciones. Las respiraciones profundas y el frotarse de unas sábanas con un cambio de postura camuflan una contenida congoja que escucho más con el corazón que con los oídos. 

Me veo de pie junto a la cama. No tengo claro si es en mi sueño, en mi pesadilla o en mi patio de los miedos. Sé quién llora y hubiera sido menos doloroso que fuera yo. 

Puedo distinguir esos ojos y mirarme desde ellos. Recojo esas lágrimas desvalidas y cálidas como las mías y de camino a la garganta es a mí a quien bloquean la voz.

Acepto esos brazos abiertos y me dejó recoger sin saber quién consuela a quién. Lloro. No tengo claro si es en mi sueño, en mi pesadilla o en mi patio de los miedos. 

Cada una de mis caricias provoca un parpadeo lento que se acompaña de una resistencia tan frágil que me conmueve. Más. Mi mano está prendida fuerte, atrapada durante el camino de vuelta al sueño, a la pesadilla o al patio de los miedos. 

Agotado el llanto y sereno el diafragma ya no hago falta. Recupero el libre movimiento de mis dedos dormidos y pago el precio de los calambres. Vuelvo a mi cama y no sé cuánto de real tiene esta soledad que siento que me dobla. Me contemplo sentada en la cama intentando discernir si vivo un sueño, una pesadilla o estoy atrapada en el patio de los miedos.


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